1997
Hay una bolsa de supermercado “Montecarlo” en la parte más alta de mi clóset, atrás, detrás de una caja de zapatos que ya no me quedan. Y, a pesar de que es grande, tiene tierra hasta la mitad.
La tierra es de un cementerio y yo tengo trece años.
No la fui a buscar yo. La fue a buscar la Bárbara, una amiga que es dos años y medio mayor que yo y que recién este año comenzó a darme pelota, después de conocernos de toda la vida. Se nos ocurrió a las dos, eso sí. Esto no es solo su responsabilidad. Pasa que estamos armando lo que en nuestra cabeza es algo parecido a una botica: frascos, hierbas, sales, velas, piedras, cosas juntadas de a poco. Nos falta la tierra de cementerio, como si eso fuera un ingrediente que uno anota en la lista del pan.
Yo no puedo acompañarla por mis tiempos. Yo estudio en El Vergel, una casona de puras mujeres en Los Leones casi con Pocuro, en Providencia, y vivo en La Florida: entre cuarenta y cinco minutos y una hora de micro según el taco, más la caminata hasta el paradero, ida y vuelta. Apenas llego me llama mi mamá de la oficina para saber si llegué sana y salva (o si me quedé “maraqueando” y fumando en la plaza de Bilbao con Los Leones, a dos cuadras del colegio) y poco después llega mi papá porque esta semana le toca turno de mañana. Así que va sola.
Llega a mi casa esa tarde, recién llegada yo del colegio, con la espalda del jumper todavía sudada por la mochila. Llega con la cara de alguien que acaba de hacer algo muy sospechoso y con la bolsa a medio llenar. Está pesadísima.
—¡Pero weona, qué hiciste!
—Guárdala tú.
—De cuea no te trajiste los huesos y el cajón, conchetumare. ¿No querías invitar a la familia también?
Nos reímos. Ella vive al frente, cruza y se va. Sus zapatos de colegio todavía tienen tierra. Y cuando ya está tocando la reja de su casa se me ocurre preguntarle:
—Oye. ¿Y cómo se llamaba el fiambre?
—María Leonor.
Se me queda el nombre resonando. No solo en los oídos.
—
Ese año a nosotros, los floridanos, nos llega el metro. En abril inauguran la Línea 5 y la última estación se llama Bellavista de La Florida, o sea nosotros, o sea acá. Se puede llegar a pata. Uno se cansa pero llega y, además, pusieron unas micros Metrobús celestes que eran encantadoras. A mí me servía la 54 y se tomaba en Avenida La Florida.
En marzo hubo un temblor en Santiago que mató a dos personas. En abril cayó el “Cabro Carrera”, el narcotraficante y líder del crimen organizado más poderoso de Chile durante el siglo XX. En agosto sale *Ser hümano* de Tiro de Gracia y “El juego verdadero” suena en todas partes, en la radio, en las micros, en la tele, en el patio. Imposible escapar de la canción. Los Tres sacan *Fome* y a nadie le gusta, todavía. En diciembre hay elecciones parlamentarias y más de un millón de personas anula el voto, que es la forma chilena de decir “no estoy ni ahí” sin una cámara al frente. (Cuánto mal nos hizo el Chino Ríos en la cultura popular. Por supuesto no me estoy refiriendo a lo deportivo.)
En la tele el año parte con *Eclipse de luna* y termina con *Playa Salvaje*, que se promociona con la frase “el vértigo de amar”. En el 7 dan *Tic Tac*, la teleserie del fantasma, donde la protagonista se enamora de un muerto y todo el país encuentra que eso es raro pero lo ve igual. A mí la trama me encanta.
Durante todo ese año junto peso a peso la plata de mis colaciones para comprar la revista *Predicciones*, que llega a los quioscos desde Argentina, y todo cuanto libro de magia se me cruza en las ferias artesanales, que en esos años son un pequeño mercado negro increíble. Ahí encontré la Clavícula de San Cipriano. Ahí encontré el *Magick* de Crowley. Hoy eso lo bajas en dos clics; en el 97 era un lujo y había que merecérselo.
Con la Bárbara vimos *Jóvenes brujas* hace poco. La arrendamos en el Blockbuster (el mismo que antes era el Errol’s) con mi mamá, que pagó sin leer la contratapa.
—
Las cosas incómodas empiezan al tiro
Mi pieza da a la calle (todavía no hemos construido el segundo piso) y afuera hay un poste con un foco, así que de noche mi pieza es como el escenario de un monólogo de un teatro de barrio. Un foco y mi decoración clasemediera como escenografía entre sombras duras. Las cortinas no son decorativas: son estructurales. Y después de la llegada de la bolsa, las cortinas se empiezan a abrir solas. Yo despierto por el puro brillo en los ojos, los abro y la cortina está corrida, completamente abierta, y mi hermana durmiendo. O peor: mi hermana no está.
Simultáneamente comienzan también los tirones de pelo. A veces son dos pelitos, nada más, pero duelen un montón. Otras veces me tira un mechón completo. Siempre por la espalda. Y pasa sobre todo cuando estoy cerca del clóset.
El sábado que lo cambia todo yo estoy sola. Mis papás salieron de la feria y después se pasaron donde mis abuelos paternos, mi hermano andaba en lo suyo como siempre. La noche anterior la cortina se abrió dos veces y amanecí completamente destapada, con todo el cuerpo helado. Un despertar como las weas.
Ese mismo día estoy secando los platos que ocupé al almuerzo. Guardo un plato hondo arriba, en el mueble, y los platos de arriba se ponen a tintinear como si estuviéramos en un temblor cuatro y medio. En esta época, en la casa de mi mamá hay unas lámparas colgantes con pétalos de vidrio empañado que proyectan sombra en el techo. Esas lámparas son el mejor sismógrafo doméstico que existe. El techo está quieto. Solo tiemblan los platos.
Después los vasos. Después los servicios.
Yo me hago la valiente. Sigo secando como si nada, como si en esta casa las cosas temblaran solas todo el tiempo y a mí me diera una lata espantosa comentarlo. Cuando termino con la loza me siento en el sillón a ver una película con un merecido cigarrillo, y de la cocina sale una sombra negra y se pega a una de las paredes del living. A mi izquierda. Como si fuera un sticker de sombra de cuerpo completo. A mí me pareció una silueta de hombre. No de mujer.
En ese momento me acuerdo de la historia de mi abuelo haciéndole el exorcismo a Conrado, dándole cara al mismísimo mandinga. Me acuerdo de las veces que jugué a la ouija en casa, del pitufo y el mickey que les cambiaba la cara, de la muñeca tipo Rosalba que me aterraba pocos años antes.
Y me da rabia. Y me enojo tanto que encuentro todo mi arsenal de crianza en garitas, entre choferes y mecánicos, y sin que se me trabe la lengua le escupo un rosario de chuchás a esa pobre sombra que imagino que jamás, en ningún plano anterior o posterior, superior o inferior, había sido tan insultada. Le grito todo lo que se me va ocurriendo en el camino, que es bastante, porque tengo trece años y siento que vengo de un linaje de personas valientes que nos enfrentamos a las sombras más oscuras. Porque tengo trece y estoy segura de que mi energía es poderosa. De que mi alma es soberana, incorruptible. Mía. Que literalmente estoy hecha a imagen y semejanza de Dios y esas cosas que enseñan en el colegio.
Después voy a la pieza de mi mamá y saco la botella de agua bendita y un pañito amarillo, que empapo con el agua, y hago cruces en cada marco de puerta y de ventana de la casa. Después voy a la cocina por una vela de apagón, de esas blancas y largas que vienen en paquetes transparentes de a cuatro, que yo siempre asocié a los detenidos desaparecidos —era mi manera de niña de interpretar las conchas de vela que aparecían en las cunetas algunas noches en el año, ya consumidas, en las que personas anónimas, que vivían entre nosotros y como nosotros, encontraron la forma de decirles a esas almas que fueron víctimas de la dictadura que todavía había gente acordándose. Buscándolos. Sufriendo—. Por eso las asocio a un acto piadoso, luminoso, generoso. A un acto puro y humilde. Poco pretencioso. Que se hacía con la vela que hubiera y desde el anonimato.
Y después voy al clóset, saco la bolsa, y con una cuchara sopera pongo dos cucharaditas de tierra en un plato de té.
Y la invoco. “María Leonor”. A mi manera, que a los trece no consiste más que en tener el corazón abierto, aunque siempre en guardia. Con buena voluntad pero con chispeza, con humor y sin ninguna técnica.
Ahí estamos las dos “sentadas” frente a frente en la mesa del comedor. Yo, vela encendida en el poto de un vaso, tierra.
Parto yo:
Mira, te traje hasta acá y te siento en la silla de mi padre para que comprendas que esto es de buena fe. Con respeto. Con arrepentimiento incluso, y quisiera aprovechar la instancia para pedirte disculpas por tenerte aquí. No tengo que explicarte las razones. Supongo que ya las sabes. Y si sabes eso, sabes desde dónde nace la idea. La inconsciencia por ignorancia de la decisión. Y por eso te quiero ofrecer lo siguiente. Tú dejas de abrirme las cortinas por las noches y de llamar mi atención de cualquier forma posible, y yo me comprometo a honrar tu memoria cada noche. A encender una velita para darte luz. A pensar en ti. Así no me asustas y sabrás que estoy pensando en ti. Además, me comprometo a encontrar el momento oportuno para poder devolver cada granito de tu tierra a tu sepultura. Pero ese día te vas de mi vida. Ese día es el día de la separación completa. Tú vas a estar “entera” y te vas a quedar donde te van a buscar los tuyos. A mí y a mi familia nos dejas en paz. Finalmente, te autorizo que me acompañes donde vaya siempre y cuando lo hagas cumpliendo con las siguientes condiciones: que lo hagas en mi mejor beneficio. Es decir, que no me expongas a ningún riesgo ni peligro. Ni físico ni psicológico. Y eso implica que todos los que estén a mi alrededor y me importan estén a salvo de ti. Pero no puedes interrumpir ni interferir en sus caminos por mantenerlos a salvo. No interferimos en vidas ajenas. Y no se me ocurre nada más.
(Las palabras exactas no las recuerdo para ser franca, pero las condiciones eran esas y la idea también.)
Por supuesto no me responde. Lo cual interpreto como el primer cumplimiento de la cláusula de no poner en riesgo mi bienestar psicológico. Si me hubiera respondido de cualquier forma me habría recargado de miedo ahí mismo.
Las cortinas no se abren nunca más.
Yo enciendo velas cada noche durante meses. Le digo a mi mamá que estoy rezando.
En los momentos de soledad empiezo a hablar sola en voz alta. A veces me pongo audífonos para que piensen que estoy cantando. ¿Quién? ¡La gente! Tengo trece años. Estoy segura de que todos me miran.
Y, de alguna forma, lo que empezó como una tontera, como un episodio, con una promesa hecha desde lo histriónico, termina en la curiosa sensación de sentirme *acompañada*. Agradablemente acompañada. Y es así como no voy encontrando el día para ir a dejar la tierra, con excusas que me doy a mí misma. Y tengo un fragmento de María Leonor que sigue en la misma bolsa plástica, como quien tiene un gato.
Sinceramente no me acuerdo cómo empezó esto de que le pido cosas.
Sí recuerdo que en uno de estos días hay prueba de francés y yo le pido que la profe se tenga que ir. De pronto entra a la sala la inspectora Paula anunciando que la profesora se tuvo que ir, de urgencia, porque algo le pasó a su mamá, que es una persona mayor y está en un hogar. Otro día mis compañeras están bailando axé en el patio y me tienen las weas como platillo. Yo le pido que se estropee algo, la radio, la cinta, lo que sea. La cinta del cassette se enreda en el carril y se corta.
Cositas. Pequeñas. Sin importancia.
Hasta la tarde en que nos juntamos como quince en la calle, amigos del barrio de edades diversas, y justo está Matías. Hermano menor de Andrés, que también está en el grupo. Ambos son hijos de profesores. Estudian en el Lastarria. Y Matías me encanta.
Media hora más tarde llega Patricia en patines, haciendo una entrada espectacular. Llega además con ropa deportiva ajustada, hermosa. A pesar de que tenemos la misma edad, ella se desarrolló antes y tiene sus curvas. Yo en cambio soy flaca como un palo de escoba. Ella parece porrista y yo soy grunge. Ella se maquilla y yo leo. Vivimos a una cuadra y a un universo de distancia.
Y él la mira.
Yo me emputo tanto que, con toda la miseria del día (en la tarde mis papás tuvieron una pelea espantosa), la invoco con toda la rabia que había masticado durante horas, con todo el egoísmo a flor de piel, con todos los celos y las ganas de atención y las inseguridades hirviendo en la guata, con toda la necesidad de sentirme elegida, con toda la necesidad de terminar bien el día, con toda la frustración en los ojos, y le pido desde el fondo de mi corazón “que a esta chuchesumadre le pase algo que la deje como las weas. Que se caiga, que quede como tonta, que le duela, que se vaya”. Y estoy en eso, haciendo la lista mental de lo que se retuerce en mis entrañas, cuando todos vemos cómo alguien la empuja por la espalda. Fuerte. No hay nadie detrás.
No alcanza a poner las manos. Cae de cara. Se le quiebran dos piezas dentales. Hay sangre, hay llanto, llega su mamá.
Y mis amigos me quedan mirando a mí.
Patéticamente trato de hacerme la chistosa, pero algo se rompe en el ambiente y nos vamos pronto a casa.
—
Le pregunto a mis cartas. Tengo una tirada preciosa para los que ya trascendieron y la hago, y lo que me queda no es alivio: es la sensación de una codependencia. De que quizás yo no estaba tratando con una persona trascendida. De que esto se parecía menos a una amistad y más a *La piel de zapa*, ese libro donde el cuero te concede todo lo que pides y se va achicando con cada deseo.
Tengo trece años y pienso, muy claramente, que me voy a volver loca. Esa imagen de Patricia cayendo y usando la cara de parachoques me acosa. Con poder o sin poder, con fantasma o sin fantasma, con casualidad o sin ella. Da lo mismo: ninguna de las dos me gusta.
Voy a buscar a la Bárbara y le digo con urgencia que vamos a ir a dejar la tierra. Y vamos.
El cementerio parque queda en el paradero 25 de Avenida La Florida. Es primavera o ya entrado el verano, hace calor y no corre ni una pizca de viento. Y cuando llegamos, el hoyo sigue ahí. Fresco. Sin pasto. Como si la tierra la hubiéramos sacado ayer.
La devolvemos dando vuelta la bolsa y sacudiendo hasta el último grano.
—¿Y ahora qué hacemos? —dice la Bárbara. Y se responde sola—: Un padrenuestro y un avemaría.
—¿Y si es católica esta weona? No se vaya a ofender.
Nos cagamos de la risa. Después nos fumamos un cigarro con ella, sentadas ahí como quien se sienta en la tumba de una amiga. O de una madre.
Cerca hay un arbolito flaco, recién plantado, con cuatro hojas. Y empieza a mecerse. Solo ese. Ningún otro árbol se mueve.
Lo tomamos como un permiso.
—
Esa misma semana meto en una bolsa mis *Predicciones*, mis piedras, mis inciensos, mis velas y todo lo esotérico que tenía juntado, y se la regalo a la Orfilia. Una amiga de la capilla que comparte su interés por lo esotérico con su mamá, entonces no le es problema llegar con todas estas cosas a casa. Le paso la bolsa completa. Sin quedarme con nada. No podía regalarle esas cosas a Bárbara porque el papá se había vuelto evangélico y la habría molido a palos si le encontraba algo de esas características. Por eso todo lo guardaba yo.
Por mi parte, después de esa experiencia sentí que necesitaba reconciliarme con Dios, y a punto de cumplir los catorce yo tenía energía, pasión, seguridad y curiosidad en masa. Mi reconciliación con Dios fue casi igual de intensa y da para otro capítulo entero, porque lleva hasta divorcio.
Veintinueve años después sigo sin usar tierra de cementerio para nada.
*Por supuesto, los nombres, en esta historia, han sido modificados para mantener a resguardo la identidad de quienes aparecen retratados en este texto.




